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Cuando somos más jóvenes somos presionados por un sistema muy absurdo “Estudia una carrera, termínala, busca un trabajo, junta dinero para un auto, ahorra para una casa, cásate, trabaja, trabaja, hasta morir sin saber que viviste”

¿Qué hay de viajar, de conocer el mundo, de aquellos sueños de ganarse la vida haciendo lo que uno ama?. La juventud necesita ser educada, pero no se puede confundir tu carrera con tu vida, quien lo hace así termina por tener un corazón conforme e infeliz. Uno debe tomarse el tiempo de invertir en sí mismo para conocerse, descubrirse antes de que la sociedad intente ponerle una venda de miedos a sus ideas.

Vivimos en un mundo donde se nos enseña que es más importante hacer dinero que hacernos personas. Olvidamos el corazón, lo maravilloso de nuestra mente, la capacidad de asombrarnos, es triste vivir así, pero es más triste saberlo y continuar en el engaño.

Los reencuentros son algo constante en el mundo normal. La gente intenta siempre revivir momentos que en su memoria son mejores de lo que fueron en realidad; evocar emociones que, en realidad, es mejor que permanezcan en el pasado…

El problema con el amor —con el “nuevo amor”— es que se ha vuelto totalmente dependiente de cosas que antes no tenían ningún sentido. No me imagino a una mujer enojada porque no le mandaste un whatsapp de buenos días, si a cambio, te paras en su puerta tres segundos para dárselos de frente. ¿Por qué perder tiempo hablando por teléfono si pueden perderse juntos en toda la ciudad? Una mirada no refleja lo mismo detrás de una pantalla que delante de tus ojos, eso es cierto, es real. Si alguien te hace sentir algo, no le pidas su teléfono, corre y díselo a la cara, aunque no te conozca, aunque quedes como loco. Porque al menos tu sabrás que estás loco por amor. Si se va, no te preocupes, te va a doler igual que si te dejara en visto. Pero al menos ya tendrás ese recuerdo.

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